¡Cayó la gran Babilonia!
Babilonia, signo de mal en la escritura, hoy he querido entender, que antes que esta vida se acabe, ha de caer en mi todo el pecado, toda lo que ensucia mi alma. Antes de presentarme ante el Señor, debo dejar a un lado el dominio que el demonio pueda tener sobre mi.
Creo que para que el maligno no haga más daño en mi vida, lo único que debo hacer es orar, y sostenerme en el Señor. Por mi mismo se que no puedo defenderme de este ser que lo único que quiere es la perdición de mi alma. Es más, esta semana, por ejemplo, experimenté que el lunes y el martes, me dio la sensación de estar más indefenso antes sus ataques. Me dio la sensación de haber dejado al Señor a un lado,
ya que no tuve la posibilidad de asistir a misa, y beber de la fuente de la Salvación. Se que aún no vivo mi espiritualidad como debo, ya que el no asistir a la Eucaristía, debería poder llenarlo con otras experiencias espirituales, como la oración al Señor. Pero estos dos días tuve una gran sequedad de espíritu, me faltó saber tener momentos de intimidad con el Señor, sin la necesidad de una oración vocal, simplemente estando con El. Es cierto que el hecho de asistir a la Eucaristía por la mañana, y comulgar, me ayuda muchisimo a llevar el día, a encontrarme con El, a tener al menos una palabra en la que intentar meditar durante el día. Estos días, en que estamos aumentándonos de estos capítulos apocalípticos de evangelio, me doy más cuenta de que somo limitados, de que nuestra vida tiene fecha de caducidad, que solo el Señor la conoce, y que debemos estar preparados. Llegará el momento del juicio, y en ese juicio particular, se nos juzgará en el amor, en lo mucho o poco que hayamos amado a nuestros hermanos.

Que el Señor nos indique el camino a Seguir, pues El es nuestro Pastor, nuestra Guia, nuestro ejemplo de vida. El bajo del cielo, rebajándose ha hacerse siervo, para enseñarnos como deberíamos vivir. El siendo Dios se rebajo a la condición de esclavo, pasando por uno de tantos, y enseñándonos que la salvación está en la humildad. El nos enseñó, en el huerto de los olivos a que la obediencia al Padre nos puede dar la vida eterna. El nos enseñó el que olvidarnos de nosotros y hacer la voluntad de Dios nos ayuda a salvar la tentación. Pues sigamos al Señor y pongamos en su mano, encomendándonos también el manos de María, para terminar esta carrera de fondo que es la vida y presentarnos ante el Señor con nuestras manos llenas de obras de Amor. Que el Señor os bendiga.

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